“Do
you know where you’re going to?”
“Sólo el gran dolor, ese dolor prolongado y lento que se
lleva su tiempo y en el que, por así decirlo, nos consumimos como leña verde,
nos obliga a los filósofos a descender a nuestro último abismo, a despojarnos
de toda confianza, de toda benevolencia, de todo ocultamiento, de toda
suavidad, de toda solución a medias, donde quizás habíamos colocado antes
nuestra humanidad. Dudo que semejante dolor nos "mejore" -pero sé que
nos hace más profundos.”- F. Nietzsche.
¿Sabes tú a donde ir, donde vas cuando hay un dolor
viejo, olvidado, o sin razón, irracional, atemporal, angustia creativa o
delirio selectivo sólo para esos momentos cuando no se está para nadie ni para
nada? Las ideas se agolpan en tu cabeza como en filas de famélicos en busca de
comida gratis en un comedor económico-público. Y esas ideas parecen voces que
te gritan, que te exigen que escribas. Voces disímiles que te excitan a
comunicarte, a hilar ese entramado abstracto de letras sin cuerpo físico ávidas
de figurar en tinta o en un simple monitor. El final no importa, lo que si
importa es el proceso de creación… La mente racional vuelve en sí y hace el
trabajo de corrección y estilo. El acto creativo es un producto de vivencias
con alegrías y dolores acumulados; pero en el cálculo de los perjuicios siempre
hay momentos donde el miedo se escapa y podemos ser felices. Escucho a Diana
Ross otra integrante del movimiento artístico Motown que canta “Do you know
where you`re going to” y las lágrimas que se quedaron en suspenso, detenidas,
en espera, como cuando se espera un avión para partir a nuestro destino final
se deslizan en patines sobre una pista de hielo en un Lincoln Center de New
York. Y una de esas lágrimas se congela; ya es invierno en nuestras vidas.
Y ese hilo salado que se desliza desde la mirada
sorprendida, sin prevenir, sin citas previas, sin anuncios luctuosos nace desde
que tengo razón que es un tiempo relativamente largo, toda la vida. Desde que
el corazón se me convirtió en piedra… desde que los zancudos se comen mi piel,
me pican el hambre, me comen lentamente dentro del ámbar que un día fui. Y esa
solución acuosa crece como río bravo, como corriente desatada por la naturaleza
que corre junto al dolor, junto a las partidas, los dolores, los desencuentros.
El adiós.
Y esa solución acuosa que crece como río bravo, como
corriente desatada por la naturaleza que corre veloz y huye, huye del dolor, de
los dolores, de las partidas ven como
los fantasmas se suman alrededor de la cama. Como los seres queridos se esfuman
y se hacen olvido ante los ojos azorados de niños que no entienden de muerte y
no entienden de miedos y mucho menos de dolores, pero si de soledades
aprendidas a destiempo.
Cómo ser feliz con la ausencia si la muerte nos respira
por la espalda. Y la mesa se queda vacía llena de soledad. Aunque en Aguas
Vivas, Clarice Lispector dice: “Lo único que estropea la felicidad es el miedo”
¡cómo hacer cuando el dolor da miedo! Y el miedo duele muy cercano… muy
reciente.
Y una se seca, se exprime o se expande… O se envuelve en
un lienzo de trazos grises, moteados con furia. Reinventas un Pollock o te
vuelves el girasol de Van Gogh. O nos hacemos nada. Nos negamos a todo y a
nosotros mismos. El nihilismo nos pervierte y nos asemeja “Andy Warhol”. Nos
repetimos como aquella obra de Marilyn. Desaparecemos hasta de nuestra mirada
interior. Nos metemos en un hueco oscuro, y caemos profundo y tocamos fondo y
nos creemos mierda, y nos persigue ella: la muerte. Y la buscamos, y nos
perdemos en licor y drogas. Pero la muerte llega cuando llega. Y aparece una
luz al final del corredor: la luz de la razón que nos habla.
La muerte llega y se instala en la memoria y duele: y
duele que duela y duele que olvide. Y la lágrima se hizo fósil en mi corazón.
Desde que siendo joven vieja perdí la confianza en los otros. En el amor
eterno. Ahora sé que amor y pasión no es lo mismo. Porque yo también he amado a
uno y deseado a otro: otro desencuentro. Otro error. Otro dolor. Es que viví
con la tristeza a cuesta desde hace un tiempo relativamente largo, toda la
vida.
¿Recuerdan que el corazón se me convirtió en piedra? Y la vida es tan compleja que es Tánato,
finalmente, quien nos aguarda ebrio en la eternidad luego de arder en los
brazos de Eros en soledades compartidas.
