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lunes, 22 de abril de 2013


“Do you know where you’re going to?”
 “Sólo el gran dolor, ese dolor prolongado y lento que se lleva su tiempo y en el que, por así decirlo, nos consumimos como leña verde, nos obliga a los filósofos a descender a nuestro último abismo, a despojarnos de toda confianza, de toda benevolencia, de todo ocultamiento, de toda suavidad, de toda solución a medias, donde quizás habíamos colocado antes nuestra humanidad. Dudo que semejante dolor nos "mejore" -pero sé que nos hace más profundos.”- F. Nietzsche

¿Sabes tú a donde ir, donde vas cuando hay un dolor viejo, olvidado, o sin razón, irracional, atemporal, angustia creativa o delirio selectivo sólo para esos momentos cuando no se está para nadie ni para nada? Las ideas se agolpan en tu cabeza como en filas de famélicos en busca de comida gratis en un comedor económico-público. Y esas ideas parecen voces que te gritan, que te exigen que escribas. Voces disímiles que te excitan a comunicarte, a hilar ese entramado abstracto de letras sin cuerpo físico ávidas de figurar en tinta o en un simple monitor. El final no importa, lo que si importa es el proceso de creación… La mente racional vuelve en sí y hace el trabajo de corrección y estilo. El acto creativo es un producto de vivencias con alegrías y dolores acumulados; pero en el cálculo de los perjuicios siempre hay momentos donde el miedo se escapa y podemos ser felices. Escucho a Diana Ross otra integrante del movimiento artístico Motown que canta “Do you know where you`re going to” y las lágrimas que se quedaron en suspenso, detenidas, en espera, como cuando se espera un avión para partir a nuestro destino final se deslizan en patines sobre una pista de hielo en un Lincoln Center de New York. Y una de esas lágrimas se congela; ya es invierno en nuestras vidas.

Y ese hilo salado que se desliza desde la mirada sorprendida, sin prevenir, sin citas previas, sin anuncios luctuosos nace desde que tengo razón que es un tiempo relativamente largo, toda la vida. Desde que el corazón se me convirtió en piedra… desde que los zancudos se comen mi piel, me pican el hambre, me comen lentamente dentro del ámbar que un día fui. Y esa solución acuosa crece como río bravo, como corriente desatada por la naturaleza que corre junto al dolor, junto a las partidas, los dolores, los desencuentros. El adiós.

Y esa solución acuosa que crece como río bravo, como corriente desatada por la naturaleza que corre veloz y huye, huye del dolor, de los dolores, de las partidas ven  como los fantasmas se suman alrededor de la cama. Como los seres queridos se esfuman y se hacen olvido ante los ojos azorados de niños que no entienden de muerte y no entienden de miedos y mucho menos de dolores, pero si de soledades aprendidas a destiempo.


Cómo ser feliz con la ausencia si la muerte nos respira por la espalda. Y la mesa se queda vacía llena de soledad. Aunque en Aguas Vivas, Clarice Lispector dice: “Lo único que estropea la felicidad es el miedo” ¡cómo hacer cuando el dolor da miedo! Y el miedo duele muy cercano… muy reciente.

Y una se seca, se exprime o se expande… O se envuelve en un lienzo de trazos grises, moteados con furia. Reinventas un Pollock o te vuelves el girasol de Van Gogh. O nos hacemos nada. Nos negamos a todo y a nosotros mismos. El nihilismo nos pervierte y nos asemeja “Andy Warhol”. Nos repetimos como aquella obra de Marilyn. Desaparecemos hasta de nuestra mirada interior. Nos metemos en un hueco oscuro, y caemos profundo y tocamos fondo y nos creemos mierda, y nos persigue ella: la muerte. Y la buscamos, y nos perdemos en licor y drogas. Pero la muerte llega cuando llega. Y aparece una luz al final del corredor: la luz de la razón que nos habla.

La muerte llega y se instala en la memoria y duele: y duele que duela y duele que olvide. Y la lágrima se hizo fósil en mi corazón. Desde que siendo joven vieja perdí la confianza en los otros. En el amor eterno. Ahora sé que amor y pasión no es lo mismo. Porque yo también he amado a uno y deseado a otro: otro desencuentro. Otro error. Otro dolor. Es que viví con la tristeza a cuesta desde hace un tiempo relativamente largo, toda la vida.

¿Recuerdan que el corazón se me convirtió en piedra?  Y la vida es tan compleja que es Tánato, finalmente, quien nos aguarda ebrio en la eternidad luego de arder en los brazos de Eros en soledades compartidas.
“Do you know where you’re going to?”
 “Sólo el gran dolor, ese dolor prolongado y lento que se lleva su tiempo y en el que, por así decirlo, nos consumimos como leña verde, nos obliga a los filósofos a descender a nuestro último abismo, a despojarnos de toda confianza, de toda benevolencia, de todo ocultamiento, de toda suavidad, de toda solución a medias, donde quizás habíamos colocado antes nuestra humanidad. Dudo que semejante dolor nos "mejore" -pero sé que nos hace más profundos.”- F. Nietzsche
Por  Elizabeth Quezada
¿Sabes tú a donde ir, donde vas cuando hay un dolor viejo, olvidado, o sin razón, irracional, atemporal, angustia creativa o delirio selectivo sólo para esos momentos cuando no se está para nadie ni para nada? Las ideas se agolpan en tu cabeza como en filas de famélicos en busca de comida gratis en un comedor económico-público. Y esas ideas parecen voces que te gritan, que te exigen que escribas. Voces disímiles que te excitan a comunicarte, a hilar ese entramado abstracto de letras sin cuerpo físico ávidas de figurar en tinta o en un simple monitor. El final no importa, lo que si importa es el proceso de creación… La mente racional vuelve en sí y hace el trabajo de corrección y estilo. El acto creativo es un producto de vivencias con alegrías y dolores acumulados; pero en el cálculo de los perjuicios siempre hay momentos donde el miedo se escapa y podemos ser felices. Escucho a Diana Ross otra integrante del movimiento artístico Motown que canta “Do you know where you`re going to” y las lágrimas que se quedaron en suspenso, detenidas, en espera, como cuando se espera un avión para partir a nuestro destino final se deslizan en patines sobre una pista de hielo en un Lincoln Center de New York. Y una de esas lágrimas se congela; ya es invierno en nuestras vidas.
Y ese hilo salado que se desliza desde la mirada sorprendida, sin prevenir, sin citas previas, sin anuncios luctuosos nace desde que tengo razón que es un tiempo relativamente largo, toda la vida. Desde que el corazón se me convirtió en piedra… desde que los zancudos se comen mi piel, me pican el hambre, me comen lentamente dentro del ámbar que un día fui. Y esa solución acuosa crece como río bravo, como corriente desatada por la naturaleza que corre junto al dolor, junto a las partidas, los dolores, los desencuentros. El adiós.
Y esa solución acuosa que crece como río bravo, como corriente desatada por la naturaleza que corre veloz y huye, huye del dolor, de los dolores, de las partidas ven  como los fantasmas se suman alrededor de la cama. Como los seres queridos se esfuman y se hacen olvido ante los ojos azorados de niños que no entienden de muerte y no entienden de miedos y mucho menos de dolores, pero si de soledades aprendidas a destiempo.
Cómo ser feliz con la ausencia si la muerte nos respira por la espalda. Y la mesa se queda vacía llena de soledad. Aunque en Aguas Vivas, Clarice Lispector dice: “Lo único que estropea la felicidad es el miedo” ¡cómo hacer cuando el dolor da miedo! Y el miedo duele muy cercano… muy reciente.
Y una se seca, se exprime o se expande… O se envuelve en un lienzo de trazos grises, moteados con furia. Reinventas un Pollock o te vuelves el girasol de Van Gogh. O nos hacemos nada. Nos negamos a todo y a nosotros mismos. El nihilismo nos pervierte y nos asemeja “Andy Warhol”. Nos repetimos como aquella obra de Marilyn. Desaparecemos hasta de nuestra mirada interior. Nos metemos en un hueco oscuro, y caemos profundo y tocamos fondo y nos creemos mierda, y nos persigue ella: la muerte. Y la buscamos, y nos perdemos en licor y drogas. Pero la muerte llega cuando llega. Y aparece una luz al final del corredor: la luz de la razón que nos habla.
La muerte llega y se instala en la memoria y duele: y duele que duela y duele que olvide. Y la lágrima se hizo fósil en mi corazón. Desde que siendo joven vieja perdí la confianza en los otros. En el amor eterno. Ahora sé que amor y pasión no es lo mismo. Porque yo también he amado a uno y deseado a otro: otro desencuentro. Otro error. Otro dolor. Es que viví con la tristeza a cuesta desde hace un tiempo relativamente largo, toda la vida.
¿Recuerdan que el corazón se me convirtió en piedra?  Y la vida es tan compleja que es Tánato, finalmente, quien nos aguarda ebrio en la eternidad luego de arder en los brazos de Eros en soledades compartidas.